Voy al oxxo a comprar cigarros. En el mostrador un borrachito y uno de los gemelos dependientes debaten con tono de mucha seriedad sobre la Biblia.
Borrachito: pero lo que yo le digo es, si la Biblia es una traducción, ¿cómo sabemos que nos están diciendo la verdad los que tradujeron ese idioma antiguo que nosotros ni conocemos?
Dependiente: ah, claro, es que para eso está el Nuevo TestamentoY el borrachito se queda muy lacio, como digiriendo una no tan clara pero pesada verdad que está muy dispuesto a aceptar, con la frente apuntando hacia los tequilas baratos de medio litro y la mirada perdida atravesando al dependiente.
Yo me regreso al trabajo con mis cigarros, lacia como el borrachito, pero sin ninguna comprensión.
Ha de ser que todo es más fácil cuando el absurdo se asimilia con naturalidad. Eso ya lo perdí. Y ahí voy, sintiéndome como las luces de la calle que aparecieron en una foto de Isis cual señal divina de algo (pero ¿de qué? ¿de qué?).

No entiendo.
Ya no.