viernes, enero 29, 2021

Mañana en la terapia piensa en mí*

 *es un tuit de Bestiecilla


Antes me preguntaba que por qué alguien querría pagarle a otra persona por escuchar su versión de la historia sin más contexto si eso lo hacen tus amigos y sin cobrar. Y la diferencia es que ahora es después, pero todavía me lo pregunto, la verdad.

*

A los veintitantos estaba segura de que tenía cáncer de pulmón porque "no podía" respirar. No podía entre comillas, porque aquí estoy demostrando que sí pude, pero se sentía real. También vomitaba hiel por las mañanas, y por las tardes al salir del trabajo las extremidades no me respondían; mi cuerpo decidía quedarse tieso como perro que no se quiere bajar del carro. Y muchas cosas, wuuu, más. Como pasa en casi todas las historias como esta, me hice muchos estudios y fui con varios doctores y todos los resultados concluían que no tenía nada, aunque sentía todo. Y así estuve varias semanas hasta que alguien sugirió que quizá mi cáncer era emocional.

*

Según tuíter (y la gente de tuíter, que por coincidencia es la gente de mi vida), la terapia es la respuesta a todas las preguntas de la sociedad actual, así que con todas mis dudas me decidí a ir por primera vez a pagar porque alguien escuchara lo que ya escuchaban gratis mis amigas. Seems legit. Va.

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A continuación, los círculos del infierno terapéutico que he recorrido desde entonces y que hasta ahora ninguno ha sido la respuesta a ninguna de mis preguntas, ni siquiera a la de "por qué chingados pagaría por hablar", pero voy a hacer que mi inversión, como le dicen ahora al costo de las cosas, sirva de algo generando al menos un par de jajajás.


1. La terapeuta que no tiene quién la escuche


Mi primera terapia fue Gestalt. Recomendación de la roommate de una amiga que ya ni iba con ella. Era una señora de unos 60 años que daba las sesiones en su casa que siempre olía a perro. Y no tengo nada contra el olor a perro, algunos de mis mejores amigos huelen a perro, pero prefiero que el espacio en el que me vayan a hurgar la cabeza tenga un fresco olor a nada si no puede oler a mar.

Esta señora me ponía a acomodar muñecas y peluches según quién era cada uno en mi familia y luego me explicaba lo que eso le revelaba de mí. Sí, cual test de Buzfeed. Lo que nunca entendí es cómo esas revelaciones iban a repercutir en mi ansiedad por exceso de trabajo antes de que me volviera a dar otro ataque de pánico y me quedara tiesa en un baño de Sanborns hasta que mi roommate cruzara toda la ciudad para ir a sacarme de ahí (real).

Pero ir a jugar a las muñecas estaba bien si lo comparo con los otros 40 minutos de la sesión en los que la señora de los perros tomaba cualquier cosa que yo dijera para soltar una historia de su familia. 

Yo: "Siento que si no tomo todos los trabajos que me ofrecen, no mereceré que me vuelvan a ofrecer nada nunca". 

Ella: "Ah, sí, te entiendo, así le pasó a mi hija cuando empezó a trabajar en una empresa de metales. Ella estudió bla. Bla bla. Blablablabla". Y mientras ella hablaba yo sentía caer sobre mi cabeza, en monedas de cincuenta centavos, cada uno de los 300 pesos que le pagaba por la hora hasta que la consulta se acababa, curiosamente al mismo tiempo que ella terminaba de hablar.

Fui varios meses con ella aunque la quise dejar desde el primero. En una de las últimas citas me dijo que yo era una persona muy asertiva (real). Asertiva tu mamá, pensé mientras planeaba ir con otra terapeuta para que me dijera como dejarla a ella. Y así fue como durante unas semanas pagué por dos terapeutas distintas porque quizá nunca voy a ganar pero seguro siempre voy a mamar.


2.  No sabía que estaba en una secta


La terapeuta con la que fui para animarme a dejar a la otra terapeuta decía que su corriente era "de todo menos Gestalt". Me la recomendaron mis amigas más cercanas, tres de ellas pacientes en ese momento de la recomendada. ¿Alguien dijo red flag?  Nah. 

Era una mujer de modos suaves, probablemente en sus cuarenta y, al menos conmigo, todo con ella se trataba de aceptar lo que soy sin intentar cambiar nada, porque si seguía viva y con trabajo y gente que me quería, seguro no estaba tan mal. Su invitación siempre era a tratarme con cariño a mi misma (bien) y "hacerme a un lado de la ansiedad" (eh, ok, pero cómo, o sea, nomás así, bueno, eh, va). 

Con el tiempo mis amigas recomendaron a otras amistades y yo "mandé" a mi roomate y a mi mejor amigo porque, en serio, quién dijo red flag. En algún momento éramos fácil unas 10 personas del mismo círculo yendo con ella, todos sintiendo que íbamos muy bien, nadie diciendo red flags. Naranaranaranara, ¡Batman!

Fui con ella alrededor de un año, y cada semana de ese año escuché que soy valiosa (pues sí) y que no importa si pienso que estoy mal, sólo debo pensar que no estoy mal (pues what). Llegó un momento en el que ya nada más le platicaba de mis gatos, porque hasta cuando intenté confrontarla sobre la molestia que me causaba que nunca me confrontara sobre nada, su respuesta fue "es válido que te sientas así". Ah. Ah ok. Ah ok va. Pero no quería dejarla porque se me dijo y se me indicó que la terapia es la respuesta a todas las preguntas de la humanidad y yo no iba a ser la cretina que sale en todos los memes de no querer ir a terapia, faltaba más.

Y así estuve bien, o sea, mal normal, durante un buen tiempo, yendo con ella a platicar de nada, hasta un día en que otra vez no pude respirar y me salí a la calle a sentarme en un charco (real). Qué cosa cuando descubres que estabas haciendo algo que creías que te ayudaba, pero en realidad sólo no se había presentado nada en lo que te tuviera que ayudar de verdad.

Al día siguiente tenía consulta con ella y por mensaje le avisé que me había dado otro ataque de pánico y descubrí que no tenía ninguna herramienta para controlarlo o al menos amortiguarlo y ya no iba a regresar.

Las personas que siguen con ella aseguran que les ha servido mucho. Y me da gusto. Tal vez la líder tenía razón en eso de que estás como tú crees que estás. 

A fin de cuentas nadie dijo que no hubiera cierto valor terapéutico en las sectas. Y de los multiniveles ni hablar.

Después de eso fui al psiquiatra (a los psiquiatras, dirás; el purgatorio de esta metáfora antes de alcanzar el -medio-cielo mental) y a la par busqué a un terapeuta recomendado por el amigo que nunca te falla: el internet. 


3. Do you wanna play a game?



Quién podría imaginarse que mi mejor amigo el internet me iba a fallar.

Como el psiquiatra con el que iba en ese momento me dijo que buscara terapia cognitivo conductual, fui diligentemente a Google y le dije "aber sácate una terapia cognitivo conductual", y así terminé en el Instituto Mexicano de Psicoterapia Cognitivo Conductual con un cñor que se llamaba Arturo y quien me ponía tareas como ir a pararme a la azotea a media noche durante cinco minutos para perderle mi miedo a las cucarachas (real). En la tercera consulta me pidió que me provocara un ataque de pánico ahí frente a sus ojos. Fracasé. Me dijo que lo intentara más. Traté de explicarle que, si supiera provocarme conscientemente un ataque de pánico, sabría cómo detenerlo cuando me llegara, que quizá por ahí no era, y me dijo que si no iba a cooperar con él mejor ya ni fuera. Y ya ni fui. Al menos le agradezco que no tuve que pagar terapia doble para saber cómo dejarlo. Así que esto es avanzar. 


4. Debut y despedida

Tiempo después me volví a poner muy mal de mi todos-nos-vamos-a-morir-pero-yo-me-estoy-muriendo-ahorita-o-no-no-sé-pero-algo-está-o-va-a-estar-o-siempre-ha-estado-muy-muy-muy-mal.

Una amiga me recomendó de emergencia a la terapeuta conocida de la tía de la cuñada de la que le vende Jafra y fui con ella porque es lo que se hace cuando no hay más.

Fui a su consultorio por la noche y me senté en su sillón directo a llorar, cosa curiosa porque soy uno de esos seres vomit free since 93, pero con el llanto. Había llorado sólo una vez como año y medio atrás y creo que al momento puedo decir que lloré por última vez en 2018. Otra cosa que quizá debería tratar en terapia, claro está. Pero bueno, el caso es que me senté ahí directo a llorar. Y ella con toda paz me empezó a preguntar qué soñaba. No qué necesitaba. Ni siquiera por qué lloraba. Qué soñaba. Sueño que encuentro la forma de controlar mis miedos irracionales y fantasías de la catástrofe y que en este momento al menos puedo dejar de llorar. Amiga, bye.


5. Equinoterapia

Al día siguiente fui con una chica especializada en equinoterapia. Conmigo nada más aplicó la parte de terapia, pero sumo lo de equino porque me parece gracioso que de la nada aparezcan caballos en la historia de mi salud mental.

Lamentablemente para la comedia, de ella no tengo mucho que decir. Fui unas cuantas veces, trabajamos un poco, se nos cruzó el 19S (el cual yo provoqué por poner unas sábanas rojas la noche anterior cuando mi cabeza claramente me indicó que no, pero eso lo vemos otro día aquí en el chat), y luego la dejé porque me dio flojera seguir hablando de mí, como si no tuviera internet, y pensar que iba a terminar de nuevo en lo mismo.

Además me sentía mejor, tenía nuevos medicamentos, a la mejor psiquiatra del mundo, no tanto dinero, ya muy poquita fe en la terapia y pues girl, bye.


6. Tres doritos después

Pasaron un par de años entre la equinoterapia sin equinos y mi más reciente intento por creer en el amor terapéutico.

En julio de 2020 la pandemia lo logró conmigo como lo ha logrado con tantos y me descompuso. Semanas sin poder comer casi nada, mareada, con náuseas, sin poder moverme porque cualquier cosa que sintiera mi cuerpo era señal de La Enfermedad. Terrible. Volví con la psiquiatra que ya me había dado de alta y decidí que necesitaba la respuesta a todas las preguntas de mi humanidad y eso, dice tuíter, sólo se encuentra en la terapia.

Por mis traumas terapéuticos del pasado, le pedí a la nueva que por favor no me hablara de sí misma, y dijo que así lo haría pero ¿si la astrología no es cierta, por qué ahora sé que esa terapeuta es Acuario, tiene TLP, le tomó tres años que la diagnosticaran y para ella fue un calvario encontrar un buen terapeuta, tiene historial de trastornos alimenticios y mucho más? También criticaba en cada sesión las decisiones de mi psiquiatra, mi santa patrona del equilibrio químico, y desestimó mi diagnóstico de TEA por el que, a mi parecer, no computaba sus meditaciones de youtube para conectar con mis emociones del pasado remoto y volverlas a sentir (con trabajos las sentí en su momento, de qué me habla), y en cuatro sesiones no creerás lo que pasó otra vez: girl, bye.


7. Adónde vas, conejo Blás

Ya estaba decidida a, por lo menos por un tiempo, dejar de buscar terapia por aquí, terapia por allá, terapia por delante y terapia por detrás, cuando un día que fue anoche estaba scrolleando en Facebook y me salió un anuncio de terapia a 100 peso. Pensé "qué mamada" e inmediatamente después "obvio lo voy a probar". 

Me gusta creer que le estoy ganando al sistema porque al menos esta vez estaré pagando lo menos por lo menos y ya no, como antes, lo más por ver cuánto me pueden hacer enojar sin darme ni una pista de cómo no enojarme o mínimo por qué no me debo enojar.

Hoy en la noche es mi cita virtual, y ya sin fe alguna en que la terapia me dé respuestas o al menos preguntas, espero que no me falle en darme lols. Estoy segura de que desde este ángulo, y por 100 peso, nada puede malir sal.



*En el próximo post: Todo salió mal.


jueves, enero 28, 2021

Para eso son, pero se piden

Aquí hay una historia que seguramente es la historia de 20 de cada 10 mujeres que tuvieron o siguen teniendo su momento de fiestear. 

No es una denuncia ni algo que cuento porque ya no podía más. Es algo de lo que me acordé en estos días de historias que sí son denuncias y que sí son abusos y que sí tenían que salir ya. 

No es que haga mucha diferencia pero, como el que esté libre de vergüenzas que tire la primera arroba, aclaro que esto no pasó ni en mi etapa de malacopa ni en mi etapa de hornycopa, sino en mi etapa de copa y ya. 

Hace unos años estaba en una fiesta y estaba como solía estar en las fiestas en todas las etapas antes mencionadas: hasta el pito, pero como estaba en la etapa copa y ya, y el amigo que me daba ride a mi casa aún seguía fiesteando por allá, me fui a sentar a un sillón a esperar. Hasta la comodidad de mi sillón llegó un señor al que ni conocía ni recuerdo mucho más y se sentó junto a mí. Normal. Se veía tan hasta el pito como yo. Mi hermano de copa, mi semejante borrachera que agarramos. No pasa nada. Pero pasó que de pronto mi hermano, mi semejante, con el que no había cruzado más que un saludo con la cabeza de "sí, amigo, te puedes sentar, es un sillón libre en un país libre, no volvemos a tomar", estiró un brazo y metió su mano entre el sofá y mis nalgas. WHY. 

Ni me pareció grave ni me sentí vejada, porque se nos había enseñado que son misteriosos los caminos de ligar. Como dicen algunas personas en los internets: "se me ofreció una opción", no la acepté, me paré, le dije a mi amigo que ya nos fuéramos y tan-tan. 

Pero ahora pienso que ese tan-tan no se le debe a la normalidad del evento sino a que eran otros tiempos, tiempos en los que todavía no se hablaba tan abiertamente de que lo común no siempre es lo normal. 


Pienso en qué pasaría si la escena, hasta el punto en que estamos dos desconocidos hasta el pito en un sillón, se me repitiera hoy. Me gusta creer que si el señor procediera a agarrarme las nalgas le mentaría la madre: ¿No te llegó el memo de que eso ya ni es común y menos es normal? O, algo mejor, que él ya sabría que ese no es el proceso razonable para ver si alguien quiere coger contigo, que podrías, no sé, ¿sacarle la plática antes, preguntar? 

Quién sabe quién sea ese señor, quién sabe cómo sea y quién sabe dónde está. Pero sí conozco a muchos otros señores que a pesar de todo lo que se ha hablado, de todo lo que se ha advertido señalado corregido regañado, siguen sosteniendo que cada quien se aproxima a las situaciones sexuales como quiere y puede, que el atrevimiento les gusta a algunas y eso debería validarlo para todas, que como mujer debes hacerte responsable de haber tomado y tener nalgas, que por culpa de las feminazis ya no se puede ni ligar. 

Esto, aquí, no se trata de las tonterías (no los delitos ni los abusos, sino esas cosas que vistas desde acá sólo te hacen sentir un profundo WHY) que hicimos y nos hicieron cuando el mundo era otro y no sabíamos que lo común no era lo normal, sino de algo más.
Se trata de tu novio o tu amigo, el que no es un violador pero en este momento sigue viendo y no ve, el que sigue firme en todo lo que creía sobre las interacciones sexuales hace diez años, hace cinco, hace tres, antier, ese es el que te tiene que preocupar. Si me lo preguntas a mí, ese es del que nos tenemos que alejar.

lunes, noviembre 02, 2020

Déjame que te cuente, limeña

Conocí a mi tía Kika cuando ella tenía 41 años y yo cero. Me gusta pensar que fue la primera en tenerme entre sus brazos después de mis padres, aunque no tengo pruebas.

Dicen que, al ver mi cabeza de Monkiki anormalmente llena de pelos chinos para una reciente ex-feto, alguien dijo que eso lo había heredado de Kika, que en ese momento lucía un apretado permanente ocultando su cabello lacio lacio, como se estilaba en esos tiempos.

Se llamaba Francisca, como su abuela; el único nombre “feo” entre sus hermanas (Lilia, Eloísa, Raquel, Graciela), aunque por ella a mí me parece una palabra para nombrar algo muy bello. En algún momento de sus intrigantes procesos mentales para ser esa persona maravillosa que era, decidió que, si todas las personas de la época y de su pueblo se llamaban María o José, ella no podía ser la excepción, así que fue y se cambió el nombre a María Francisca, aunque lo de no ser la excepción le falló fuera de eso, porque "excepcional" es justo una palabra con la que cualquiera que la haya conocido la definiría sin problemas.

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Kika para mí siempre fue luz, alegría, un remanso de paz, pero también un misterio: 

La agregada del Opus Dei que soltaba malas palabras y se reía con algunas peladeces. La que no practicaba la sobriedad (sombriedad, incluso, si eso fuera una palabra) anímica de su comunidad religiosa y, al contrario, le gustaba cantar y bailar y reír y ver que la gente cantara y bailara y se riera y disfrutara la vida mientras la tiene como mejor le pareciera.

La que llevó en sus hombros a toda la familia sin temerla ni deberla, pero sin una sola queja.

No fue madre, pero nos maternó a todos de una u otra manera: a sus hermanos, a sus sobrinos, incluso a su propia mamá cuando llegó el momento. Su casa siempre tuvo las puertas abiertas y todos las cruzamos constantemente, atraídos por el magnetismo de su presencia alegre pero pacífica, amorosa pero no asfixiante y, voy a decirlo, aprovechando ya no está aquí para decirme que tampoco exageremos: perfecta.

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Cada que quiero escribirla se me acaban las palabras, no la alcanzo, pero yo voy a seguir queriendo hablar de ella.

Cuando me avisaron que había muerto repentinamente hace ocho años, horas después de que habíamos hablado por teléfono y hecho planes para cuando yo viniera a Guadalajara y nos viéramos, eran como las tres de la mañana y no sentí nada. En el viaje para venir a su funeral no sentí nada y tampoco en su entierro. No sentí nada porque era un momento de sentir la tristeza del vacío, pero yo siempre estuve y estaba en ese momento y siempre estaré llena de ella.

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Me gusta pensar que hoy estaría orgullosa de mí, de que todos los caminos que he elegido han sido míos y de nadie más, que seguiría pensando que soy hermosa, me vea como me vea, que adoraría a mis gatos, y que se alegra cuando yo me alegro y me acompaña en el más amoroso silencio cuando la vida me duele más que su muerte.

Me gusta pensar que está en donde quería estar, y que también está en todo lo que es bello, donde pertenece.

Me gusta pensar, sobre todo en estos días, que no importa si no le pongo un altar de muertos, porque en mi corazón siempre hay una vela encendida para ella, un altar que la invita a venir y tomar todo lo que tengo de bueno, porque es gracias a su cariño, su paciencia, su apoyo, su risa, sus chismes, su fe, su fuerza. Todo lo que tengo de bueno ha sido construido sobre su herencia.

Quisiera que leyera esto, que supiera que hoy, tras tantos años de no verla, la sigo queriendo con más que el corazón que tengo.

Y quisiera que Coco tuviera razón en eso de que los muertos no desaparecen hasta que se olvidan. Y ahora tú, que leíste esto, también conoces aunque sea un poco a Kika; si puedes, guárdate una palabra o dos sobre ella, una idea, ayúdame a que exista por todo lo que pueda durar nuestro “por siempre”, aunque sea.

viernes, octubre 23, 2020

Estos 38 años he vivido (el 26 te sorprenderá)

Tú no me conoces, ni tú tampoco, ni ella, la niña pero, en un tiempo, yo estuve de moda. Me dijeron que iba a hacer cosas increíbles. Me dijeron que tenía mucho qué decirle al mundo. Me abrieron todas las puertas y me pusieron todas las mesas. Pero no supe cómo cruzarlas ni cómo sentarme a comer en ellas.

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Hace una hora estaba trabajando en escribir las publicidades que me dan para vivir como me gusta: sobre mi cama y bajo mis gatos, y escuchando de fondo la charla que tuvo Paola Carola con Lilián López Camberos sobre su libro Quisiera quedarme quieta. Curiosamente, o no, yo estaba quieta cuando empecé a oírlas, y terminé así, escribiendo otra vez, como si no me hubiera curado ya de eso.

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En la charla, Lilián y Paola mencionan que el cuento es visto como un género menor, que se piensa que primero debes publicar cuentos para ver si luego te mereces sacar una novela, y entonces pasó lo que menos me gusta que me pase, un evento terrible que a nadie le recomiendo: me acordé de mí. Me acordé de todos los cuentos que escribí desde los 13 años hasta los veintitantos, cuando quién sabe cómo (yo, yo sé cómo, por el internet y su magia que a veces es blanca pero a veces también es muy negra) llegaron editores de sellos enormes a pedirme una novela, porque yo iba a hacer cosas increíbles. Pero no supe cómo hacerlas.

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Un día, alguien de la editorial en la que, al menos en ese momento, cualquier escritor con honestas búsquedas literarias quería publicar, me dijo que sólo les publican cuentos a escritores de renombre, que ella me había buscado porque lo que necesitaba de mí era una novela. Y esa no fue la primera vez que me lo pidieron. 

El dolor que cargo hasta ahora en este costal de papas que es mi pecho, es que en su momento no supe cómo decirles que lo que necesitaban de mí es justo lo que no tengo. Que yo escribo internet, que yo me escribo a mí, que perdón por no querer más, por no poder más, y que, lo peor, o lo mejor, o ya ni sé, es que estoy (estaba, pero ya estoy de nuevo) contenta con eso.

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Nunca, hasta que los editores llegaron a mi vida, y mientras lo escribo me hago cien replies en la cabeza pidiéndome que no seademamador y que cheque mi privilegio, pensé en escribir para publicar en papel, para que un lector como los de antes, de sombrero de ala ancha y un clavel en la solapa, y no una arroba o un nickname de internet (si acaso), lo leyera. Yo escribía para comunicarme sin tener que hablar con la gente. Yo escribía porque mejor adentro que afuera. Pero cuando me pidieron que escribiera y me dijeron qué y cómo lo escribiera, simplemente dejé de hacerlo. No se culpe a nadie. O bueno, sí, a mí, por pendeja que bien pudo decir "todas las gracias, pero no" y seguir con lo suyo. Pero mejor no se culpe a nadie, porque pendejarme está muy feo.

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Ahora, tantos años después, cuando, como en esa escena de El último unicornio donde Molly le pregunta a la criatura mitológica que esperó toda su vida: "And where were you twenty years ago? Ten years ago? Where were you when I was new? When I was one of those innocent young maidens you always come to? How dare you! How dare you come to me now, when I am this!", me llega en la charla de Lilián y Paola la noticia de que pude haber seguido escribiendo cuentos que nadie viera, que no tenía que escribir una novela, que pude haber seguido escribiendo aquí, que pude haber seguido siendo sin deberle nada increíble a nadie y sólo dar esto que soy, esto que tengo. Y esperar que fuera suficiente y, si no lo era, desde lo más profundo de mi alma de estudiante de primer semestre de Letras, creyendo que el mundo va a ser otro, decir: ni pedo, Alfredo.

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No quiero usar la palabra con F (feliz), pero ya me puse a pensar y, lo peor, sentir, y siento que nunca fui tan feliz, o al menos tan libre, como cuando escribía aquí, sin La Idea de La Presentación, La Venta, El Lector (¡lotería!), por mí y para nadie, aunque también para quien lo leyera. Y, no sé si pueda, pero no sabes cómo quiero volver a hacerlo (a serlo). Quisiera quedarme quieta para que dejen de aplastarme las expectativas de las que ya nadie (más que yo, que me revuelco en mi tumba de olvido) se acuerda, y seguir aquí, seguir nada más, seguir escribiendo.

jueves, diciembre 27, 2012

El joven club vente


Lo que pasa con el Joven Club Werther es que en él todos somos viejos. Del alma, por supuesto. Esto de ninguna manera quiere decir que seamos maduros para nuestra edad. Al contrario, estamos en esa etapa de la vejez en la que vuelves a ser como un niño; entre otras cosas, nos orinamos encima, del alma, por supuesto, y apenas podemos tenernos en pie, esto sí del cuerpo. Se nos puede ver tendidos en nuestras camas, o en sofás o en bancas, esperando el inicio o el final de nuestras vidas, porque si somos niños o somos viejos ya ni sabemos. 

Lo bueno de todo lo malo de que el Joven Club Werther esté conformado por viejos es que pronto moriremos. Permaneceremos así por un tiempo, pero con un poco de suerte nuestros muertos de adentro irán creciendo hasta que les llegue la juventud, cuando harán lo propio de su edad y se empezarán a interesar en el regreso; entonces volveremos como sombras o como zombis, lo que le siente mejor a nuestra época que no es ésta, y entonces sí: le escribiremos un poema a tu cerebro si no es lo suficientemente bello como para comerlo; andaremos por ahí tambaleantes, sin miedo a caer, porque como sombras que somos, consideramos hogar al suelo, y volveremos a levantarnos, porque lo peor que puede pasarnos es avanzar hacia un despeñadero, caer y morir. Y eso qué tiene de peor si ya estamos muertos.

En el joven Club Werther ya nadie es joven y pronto moriremos, pero vamos a volver como sombras o como zombis, y entonces sí: esto se va a poner bueno.


* * *

Antes todo era como esto: 

It happened that green and crazy summer (...) this was the summer when for a long time she had not been a member. She belonged to no club and she was a member of nothing in the world (...) and she was afraid.

Y ahora es exactamente igual, pero el Joven Club Werther me dejó unirme a él y, al fin, pertenecer a algo en lo que no tengo que pertenecer.


http://andersennow.tumblr.com