domingo, abril 26, 2026

Tres gatos y ningún funeral

Pensarías que no hay nada bueno en la muerte de un ser querido. ¿La partida inesperada? Horrible. ¿El deterioro sin esperanza? Horrible. ¿Los hospitales? Horribles. ¿Las decisiones? Horribles. ¿El instante en el que pasa de ser a ya no estar? Horrible. Pero ¿los funerales? Maravillosos. Lo máximo. Mil de diez. Sí recomiendo. Buenísimos.


Te acaba de pasar una de las peores cosas de tu vida, perdiste a quien más querías y por las próximas 24 horas te teletransportas a una liminalidad perfecta. Ya no hay nada que hacer, sólo estar en ese espacio de muerte acompañada por la vida en un silencio que no es sepulcral, sino silencio vivo, de voces bajas y llantos quietos y también risas. Silencio de historias de tu muerto entre las cuales el tiempo pasa distinto. Son las dos y un instante después son las cinco y a la media hora son las siete pero, fíjate bien, en realidad son las dos con cuarenta. Cómo es posible. Nada tiene sentido, porque nada debe tenerlo cuando se te muere alguien a quien amas muchísimo. No sientes hambre, no sientes calor, no sientes frío. Es como si tú también estuvieras muerto. Mientras tanto, tu muerto, según mi cajita de creencias, está ahí, viéndolo todo, viendo cómo lo acompañan y te acompañan. Cómo los acuerpan a ti y a su cuerpo vacío. Me parece un gran acto de amor reunir a toda su gente en un solo lugar para que no tenga que pasar sus primeras horas incorpóreas haciendo rondines para darle la última procurada a la gente que procuró en vida. Le das tiempo en un espacio concreto para ubicarse y que se organice con lo que sea que sigue.

Luego ya siguen los ritos personales. En el de mi familia, se hacen tres misas los días siguientes a su partida y en esos días continúas hablando solo de tu muerto. Empiezas a luchar por dejar de mencionarlo en presente, por conseguir nuevas palabras para tu también nueva vida. Me imagino que el muerto termina de hacer sus maletas metafísicas y luego ya, puede irse. 

Siempre lo cuento, pero cuando se murieron las dos personas más importanes de mi vida, al salir de su última misa en ese tercer día, vi una estrella fugaz, una roja para uno, una azul para la otra, como diciendo Fin, Pueden ir en paz, la santa vida ha terminado, So long and thanks for all the fish.

Lo que pase después de ese cierre con los restos mortales, que ya no son ellos, que ya no son nada, me había dado siempre lo mismo. Pero ahora se murió mi gato y solamente lo besé, elegí la urna en la que van a poner sus cenizas y en vez de teletransportarme a las 24 horas de liminalidad perfecta y compañía, di veinte pasos hacia la calle para quedarme como ese gif de John Travolta perdido.


Vete a tu casa, recoge los trastes, lava tu ropa porque tiene relleno de gatito muerto encima. El silencio ahora sí es sepulcral. No hay compañía porque vives sola y lo criaste sola y lo cuidaste sola y lo limpiaste sola y lo amaste sola, y todo eso valió la pena absolutamente todos los días, pero nadie te advierte que sin la trágica belleza de las 24 horas del velorio, te puedes derretir y volverte un charco que se derrama por todos lados porque no hay nada físico que lo contenga. Pura ausencia, puro vacío. Puro paso sin transición de una realidad fea a una realidad horrible.


Cuando adopté a mi primer gato le dije que teníamos un contrato de 15 años con posibilidades de renovación al término de este. Tengo desde el momento en el que llegó él, hace 12 años, y luego los otros dos, preparándome para sus muertes. No les temo. Sabía que iba a ser doloroso pero no imaginaba que, a falta de protocolos de cierre, iba a ser absolutamente lo peor que me ha pasado en 43 años de vida.

Me pasé dos días dando palazos al aire a siete metros de la piñata del consuelo, prendiendo velas y haciendo rezos y poniendo el trapo y quitando el trapo sin que nada se sintiera correcto. 

El giro más inesperado de este evento de la muerte de mis gatos que llevaba previendo en mi cabeza desde hace más de una década es que ahora quiero todas las cosas a las que antes, para mí, no tenían ningún sentido. Cosas que nunca deseé con mis muertos humanos, porque sentía que ellos estaban bien, que cerramos el changarro en grande, que en su velorio nos despedimos. Ahora, a mi gato, no quiero ponerle un altar, sino una basílica. Quiero mandarle a hacer pinturas y esculturas. Quiero dijes y anillos horrendos de esos que representan el mar, con sus cenizas como la arena y sus pelitos convertidos en nubes y que parecen Recuerdo de Guayabitos. Pero todo eso es lo que yo necesito. Tal vez él ya no necesita nada porque, a falta de ritos claros, quizá él ya se las arregló solito. 


Pensar en eso es horrible, por eso mejor lo escribo.


***


Mientras me preguntaba a qué conclusión iba a llegar esto que estaba escribiendo y que es parte de mis palazos al aire, se cayó una foto suya que venía en las flores que nos mandó alguien que nos estuvo acompañando a distancia desde hace dos años que empezó su proceso. Será que Kratos ya me regañó por tanto drama. Será que al fin logré pegarle a la piñata ritualística. Y seguro que también ya me dijo que claro que estamos acompañados, que siempre lo estuvimos. 



Y tiene razón. 


Pero sí popularicen hacer velorios de animales e ir a acompañar físicamente a la gente en ese proceso, que sea menos horrendo.