Alguien es feliz. Hasta hace poco supe cómo se llama. M., su nombre es M. Mi amiga que ya no es mi amiga y yo nos referíamos a él como "El Souvenir". Es como un recuerdito, una muestra gratis de otra persona. M. es pequeño y siempre está brincando y palmoteando. Si hiciera soniditos como chuic chuic chuic entre palabras o al caminar, apostaría mi fortuna a que es un muñeco de cuerda.
Los tres fumábamos. F. se quejaba de su trabajo y sus enfermedades; yo, incluyente, me quejaba de la vida en general. M., brincando y palmoteando, nos escuchaba, tan hiperactivo, tan sonriente. Le pregunté "¿Eres feliz?". M. dijo "Sí". Clarito se le veia que sí lo es. Nos fuimos.
F. y yo caminábamos hacia el carro, despacio, las manos en los bolsillos, arrastrando los pies, muy despacio, él se seguía quejando de su trabajo y sus enfermedades, luego se interrumpió para decirme "Sí es feliz", y vino a mi mente la imagen de M. brincado y palmoteando, tan hiperactivo, tan sonriente, y nosotros tan lentos, tan pasivos. De pronto fue obvio: "Ha de ser porque se mueve mucho".
Así llegué a la brillantísima conclusión de que la felicidad es algo motriz, una consecuencia del movimiento, como el calor, como la elasticidad. Yo nunca voy a ser feliz.
Y ya en casa tuve este otro pensamiento grande e importante:
No me gustaría salir con un hombre que oliera a gelatina de limón.
Los tres fumábamos. F. se quejaba de su trabajo y sus enfermedades; yo, incluyente, me quejaba de la vida en general. M., brincando y palmoteando, nos escuchaba, tan hiperactivo, tan sonriente. Le pregunté "¿Eres feliz?". M. dijo "Sí". Clarito se le veia que sí lo es. Nos fuimos.
F. y yo caminábamos hacia el carro, despacio, las manos en los bolsillos, arrastrando los pies, muy despacio, él se seguía quejando de su trabajo y sus enfermedades, luego se interrumpió para decirme "Sí es feliz", y vino a mi mente la imagen de M. brincado y palmoteando, tan hiperactivo, tan sonriente, y nosotros tan lentos, tan pasivos. De pronto fue obvio: "Ha de ser porque se mueve mucho".
Así llegué a la brillantísima conclusión de que la felicidad es algo motriz, una consecuencia del movimiento, como el calor, como la elasticidad. Yo nunca voy a ser feliz.
Y ya en casa tuve este otro pensamiento grande e importante:
No me gustaría salir con un hombre que oliera a gelatina de limón.