miércoles, marzo 22, 2006

Idea de doble vista

Cuando algo va mal, lo bueno es saber que con el tiempo perderá magnitud, luego vigencia, luego importancia, y tal vez hasta se olvidará.

Cuando algo va bien, lo malo es saber que con el tiempo perderá magnitud, luego vigencia, luego importancia, y tal vez hasta se olvidará.

Tarde o temprano todo se vuelve neutral.

Todo inasible. Todo perecedero.

Yo así ya no quiero jugar.

Pero, bueno,
al menos me quedo

pago por ver.

miércoles, marzo 08, 2006

Mundo mentiritas

Qué tonta. Desde hace 21 horas (las conté) me he estado chupando el labio por reprimir las ganas de un cigarro (se me va a hacer una herida). No puedo ver una película donde alguien fuma desesperadamente sin sentir la necesidad de hacerlo yo también. La influenica de los medios, creo. Pero yo hace mucho que no veo nada. Lo bueno de la televisión es que todo existe al mismo tiempo que todo es de a mentiras.

Me gustaba jugar a las barbies porque eran hermosos sus mundos posibles. La historia nunca importó mucho (ya sé, y que yo me caía y que tú te acercabas / bueno, sí, y que yo te decía "hola" / sí, sale / "hola"...), lo emocionante era tener muchas sillitas y mesitas y camitas y estufitas y escaleritas y cositas y construír el lugar donde ellas (una era doctora, una era surfista, una era rockstar...) iban a vivir: todo palpable, todo de a mentiras. Pasaba horas haciéndoles el escenario, viendo que todo fuera correcto y congruente y bello. Era tanto el tiempo invertido en eso que para cuando terminaba estaba cansada y no quería jugar ya, pero siempre valía la pena sólo por estar en esos mundos posibles que yo acomodaba cada vez hasta la más subjetiva perfección.

A mí me gustaría vivir en la tele porque ahí las cosas siempre son correctas y no tienen más allá. La vida de un personaje es muy simple y envidiable (y que tú me decías "no te voy a dejar" / sale, sale: "no te voy a dejar" / ya sé, y que sí me dejabas / bueno / "¿me quieres?" / "adiós"...), sus sentimientos son de utilería, la tristeza es tablaroca y las alegrías modelos a escala. Una fea se quita los lentes y se convierte en Rachel Leigh Cook. Simple como verlos dormir en cuartos limpios y con la iluminación perfecta y envidiable como el humito del reconfortante café que se toma al despertar y vuelve correcto el peor de los días.

Quiero que en mi vida todo esté en orden, que todo lo que me rodee sólo tenga vista de un lado (si acaso tiene dimensión), que lo aparente esté vacío y que no haya afuera.

Qué tonta. Desde hace 14 horas (las conté) me he estado chupando el labio por reprimir las ganas de ser personaje y vivir en la televisión, ponerme una sonrisa, zapatillas de rubí, un pandero de latón, querer-te-, caminar por las calles (quien pise raya se vuelve araña), no aburrirme ni enfadarme ni sentir-te- y ser personaje que baila bajo la lluvia y jamás llega a resfriarse (se me va a hacer costumbre recogerme mis pedacitos empolvados de dignidad y dejar de rogar).

Qué tonta.

Yo ya no aguanté. Personaje que soy, me quedo contenta (de tablaroca y a escala) en mi mundo mentiritas y me marcho (cigarro encendido en mano), sin mirar-te-, por la calle llovida con corrección mientras los créditos pasan sobre mí.


Raindrops keep falling on my head

but that doesn't mean my eyes will soon be turning red.

Crying's not for me

cause I'm never gonna stop the rain by complaining.

Because I'm free.

Nothing's worrying me.

Fade to white

martes, febrero 14, 2006

Me divertí mejor sin ti

Laura era una de esas niñas flacas y anormalmente larguiruchas para los doce años que tenía, era también bonachona, le parecía que había hecho un nuevo amigo en cada persona que le dedicaba unos minutos de conversación y siempre usaba sobre el uniforme una sudadera blanca que decía "Pepsi". Es de las pocas personas cuyos apellidos no recuerdo, ni siquiera uno de ellos (en mi memoria se guardan muchos más nombres completos que conocimiento general). Laura estaba conmigo en la secundaria. Sólo tengo un recuerdo de ella durante esa etapa, en ningún otro evento de los dos años que estudiamos juntas la puedo recuperar.

Una vez, cuando estábamos en segundo, una maestra me sacó del salón para decirme que tenía que ir a un concurso de inglés, de esos que se hacen entre secundarias de la zona, porque a la de tercero que iban a mandar le había pasado no sé yo qué cosa y alguien tenía que ir en su lugar (gracias, qué amables). Me fui. Cuando regresé encontré metido en una esquina de mi cuaderno un papelito que decía

Hola, Graciela,
me senté en tu banca, usé tu pluma, y me divertí mejor sin ti.
Atentamente
Laura (la niña Pepsi)


Todo fue una confusión. No eramos amigas, ¿por qué me dejaba recaditos confianzudos? ¿La niña Pepsi? Nadie jamás le había dicho así. ¿Quién se anda poniendo autoapodos por las cosas raras que hace, como usar todos los días una sudadera de Pepsi? Además, cuando a uno le dejan tan claro que lo pasaron mejor en su ausencia se siente mal, pero al final de la nota había una carita feliz, eso lo volvió todo más confuso, aún así Laura me cayó muy bien desde ese momento por su última frase, tan mal construída pero que sonaba tan bonita y verdadera.

En la prepa, mientras esperaba para cruzar la calle, un camión se paró frente a mí. Desde adentro una mujer flaca y larguirucha me vio, y me sonrió, y me saludó, y yo la vi, y le sonreí, y la saludé sin saber quién era. Me quedé pensando y entonces la recordé. Claro, era Laura, la niña Pepsi, era "me divertí mejor sin ti". Esa fue la segunda vez que pensé en la frase, y desde entonces en adelante han sido muchas más.

Tan útil y tan simple resumen de un montón de cosas que a veces uno no sabe cómo decir: "me divertí mejor sin ti".

domingo, febrero 12, 2006

(...) El sentido del mundo está en caminar, en el movimiento, en el cambio: fue hecho sólo para deslizarse en instantes irrecuperables, para nacer y morir en un parpadeo. En cambio la literatura, (...) como el amor, desde el inicio se encuentra condenada al fracaso. (...) Te escribo porque he decidio lanzarme al vacío: al menos en este caso no me atrapa la inercia. Lo peor es que te escribo y ni siquiera sé si te conozco. ¿Te amé? ¿A quién amamos? No a las personas, sin duda, sino a sus imágenes, las nebulosas siluetas que hacemos de ellas: a sus residuos. A fin de cuentas -el dolor lo prueba- sólo existimos para quienes nos aman o nos odian. Por desgracia esa temible existencia que nos otorgan los otros no se parece a nuestra amargura. De ahí que el amor más profundo sea el que tiene por objeto a un desconocido; así lo poseemos sin decepcionarnos de la idea que tenemos de él comparada con su cuerpo. Cuando convivimos con el ser amado, cuando lo vemos a diario, cuando somos capaces de adivinar sus pensamientos, el amor se desvanece y nos damos cuenta de que el otro no ha sido más que un pretexto. Pero no me importa, a estas alturas me da igual que seas una invención mía y no vayas a leer esta carta: de cualquier modo voy a escribírtela. Que el azar me pruebe en este viaje absurdo, yo probaré en él mi suerte. Muy poco me resta de ti: apenas una remembraanza amarga, un espasmo, jamás una mirada, una palabra, una caricia tuya. Todo se desvaneció; ni siquiera tu nombre significa algo, pues, ¿a cuál de tus figuras, estados de ánimo, sentimientos he de dirigirme? ¿Cuál de todos esos ojos, mejillas, llantos, insultos eres tú? Sólo que, pese a la irracionalidad que entraña, te amo intensamente, mi destino depende de un murmullo de tus labios, de una seña de tu mano. Es la paradoja: no puedo dejar de decirte ya nada. Nada puede hacer que te oculte lo que por ti y para ti es en mí. Nada me puede contener, ni el temor de herirte (...), me posee el amor a ti. (...) Te toco, te veo, te toco y te veo en mí: yo soy de ti, fuera de ti no soy: déjame que me defienda de morirme. Deja que por un instante vuelva a hacerme de ti, que lo intente. (...) Te he hablado, te hablo sin pudor, brutalmente. (...) Estoy llorando como nunca he llorado. Toda mi vida está llorando por ti. Perdóname, fui yo quien te destruyó, no el tiempo. Debía olvidarte, asesinarte, apartarte de mi cabeza. Tú y yo. Y vencí: de pronto dejaste de importarme. Quise entonces excluír de mi alma los sentimientos, siniestras llaves de puertas no deseadas, ápices de debilidad. Ellos nunca me explicarían el mundo. Me refugié en la inteligencia, ese frío tumor: con ella fabriqué un universo contingente, con leyes precisas, donde no hacías falta. El azar estaba prohibido; el amor, proscrito. (...) Infinidad de veces repetí que había que arrancarle al mundo los escasos jirones de verdad que nos muestra: ahora me veo precisado a desprender el más importante, el que puede justificar los demás, el que puede dar sentido al tedio y al dolor, a las risas necias y los olvidos puntillosos, a tu amor desvanecido y a esta carta que se pierde con mi sangre.
Amada, estás presente a pesar del oscuro silencio,

Lo poco que queda de mí

No soy de esas personas que le caen muy bien a la gente, pero tampoco de las que caen muy mal. No muchos me quieren, pero tampoco muchos me desprecian. Para la mayoría siempre he sido solamente "la que se sienta aquí", "ella", "tú", "oye","pst", y hasta ahora no había sido cosa que me hubiera preocupado.

Anoche leí "A fin de cuentas -el dolor lo prueba- sólo existimos para quienes nos aman o nos odian", y sentí tanta tristeza al darme cuenta, entonces, de lo poquitito que me ha tocado existir.

Y yo que me consolaba pensando que, al menos, eso de la existencia sí era para mí. Bah.