Hay una película cuya protagonista es una señora que tiene una cabra. No sé de qué trate, pero a la mujer se le veía muy feliz.
Esto es definitivo: a mi vida le hace falta una cabra.
Mi cabra se llamará Sarita. Viviremos felices juntas. Estará todo el día dentro de la casa. Por las noches Sarita se echará a mis pies y estos amanecerán siempre llenos de baba. ¡Qué linda imagen! Cuando me enoje porque se comió la colcha de flores que acabo de comprar (de las de catálogo que anuncia Andrea Legarreta) la llamaré ¡Sara! y ella, comprensiva de mi rabia y apenada por su error, se irá a recluír todo el día en su corralito. Luego la perdonaré: cariñitos y palabras lindas, "ya, ya, Sarita, no es tan importante", "beeee, beeee" (o ¿cómo es que hacen las cabras? No importa, Sarita hará "beeeee") y así será siempre nuestra relación, sin rencores, comprensiva, infinitamente amorosa, beee, beee. Qué buen plan. Maravilloso futuro, perfección, mucho amor.
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