Tres días después de que se murió mi tía Kika y tres días después de que se murió mi papá, justo al regresar de la última misa de cada uno y mientras pensaba en ellos y observaba el cielo, vi pasar una estrella fugaz. La de mi tía azul y la de mi papá roja. Fuera de esos dos eventos que me parecen tan cursis como hermosos, y a pesar de que creo en todo, no tengo ninguna relación constante y sonante con el más allá. A diferencia de ese familiar que vio pasar la carreta del diablo o aquel conocido que vivió para contarla después de haber subido a su carro a la xtabay, yo nunca veo nada ni escucho nada ni me pasa nada que no provenga del muy aquí. O al menos no veía ni escuchaba ni me pasaba nada, hasta hace un par de meses que el sistema de repartición de gatos tomó conmigo una decisión ejecutiva de lo más extraña.
Empecé oyendo claramente cómo rascaban en el arenero mientras mis tres gatos estaban acostados junto a mí. Luego fue ver de reojo en el clóset el cuerpo enroscado de un gato que no era ninguno de los míos y, al voltear con los ojos entrecerrados para verlo mejor, paf, ya no está. A veces escucho arcadas seguidas del sonido acuoso del vómito estrellándose contra el suelo y, por el resorte que tengo para atender a mi gato enfermo que vomita a cada rato, voy corriendo a limpiarlo pero, por más que busco, la vomitada no está en este plano y todos mis gatos duermen plácidamente, sin ningún malestar estomacal.
Claro que no estaba en mis planes tener un gato fantasma, pero hasta hace 12 años tampoco estaba en mis planes tener ni un gato terrenal y, míranos ahora, acá.
El gato fantasma aún no tiene nombre, pero sé que ya tiene collar porque a veces esucho cómo choca contra el platito cuando come sus croquetas metafísicas, y me tranquiliza saber que me podrán contactar a través de la ouija si se llegara a salir por alguna ventana dimensional.
Además cada día está más adaptado a la dinámica familiar. Por ejemplo, ya van tres veces en los últimos dos días en que uno de mis gatos me lleva un juguete a la cama, como hace siempre que quiere que se lo aviente para lanzarse a cazar, y yo siento cómo lo deja caer junto a mi mano o mi cara y escucho claramente el "tuc" del ratón o la pelotita golpeando la sábana pero, cuando lo busco: no está. Incluso me he levantado a sacudir la cama y buscar en los alrededores pensando que podría ser algún bicho vivo, pero no, nada. No hay nada. La única explicación lógica es que el gato fantasma está empezando a compartir sus juguetes fantasmas con el gato real.
No quiero ser ambiciosa, pero fantseo con que de pronto también les empieza a traer comida y arena del más allá. Imagínate el ahorro. Prueba de que adoptar a cualquier tipo de gato nunca termina mal.