viernes, noviembre 02, 2007

Para cerrar el

Gran Ciclo Gracielardilla de las Grandes Listas Graciela de las Cosas de quejas varias

se prevé la presentación de mi (seguramente) best seller

Los caballeros las prefieren emo

con consejos para andar por la vida nomás causando lástimas y el secreto para forjar vínculos indestructibles valiéndose de la fuerza del desbordado drama personal.



Such a bloody delight...
Y, claro, la gran gran grandiosa

Gran Lista Graciela de las Cosas enormemente estúpidas que he hecho sólo para fastidiar a un tercero que probablemente ni se enteró que me ofendió y menos se dará cuenta de mi vengativa ofensa.

Esta podría llevar como subtítulo "(A mi edad) El ventarrón de mi furia ya ni a chiflón llega".
Ya que esté en eso, que no se me olvide sacar a la luz la

Gran Lista Graciela de las Cosas que van a devenir en desgracia

contando en su top top top al concierto de Björk y el 98% de mis relaciones de cualquier tipo actuales y venideras.

Bruja.
Un día, cuando pierda el prejuicio a hacer públicas mis listas, podré poner aquí la

Gran Lista Graciela de las Cosas que cada vez me importan menos y desestimarlas me da placer.

No será hoy.

Pero la lista no para de crecer.

miércoles, octubre 31, 2007

Primera del drama extremaungido

Another sentimental argument and bitter love


Afuera de una casa ajena, en el frío, le digo a una mujer que tiene el valor y la grandeza multiplicados por cada uno de sus muchos años que si pudiera me llenaría la vida con perros y gatos que estuvieran tristes y hambreados y solos y perdidos para volverlos mansos y satisfechos, felices.

Mientras hablo, de cerca me observa la perra a la que hace 15 años le di un nombre, y ya con nombre, cómo no admirarla, cómo no quererla; de cerca me observa hablar de mi magnanimidad; debe acordarse que a ella la regalé y quizá se pregunté, escuchándome, por qué.

Dicen que los perros no tienen memoria a largo plazo, pero sí la tengo yo y en ella guardo que en un cambio, a mi animalita, la dejé atrás. Entiendo que si entendiera, la perra con nombre que de cerca me observa mientras hablo de mi magnanimidad se preguntaría por qué.

La llamo, mi niña, y lenta por todo su tiempo se acerca a mí indultándome de rencores tal vez no concebidos en el acto de hundir serena su cabeza en la mano con la que la acaricio.

La vida debe ser más simple cuando el olvido te deja abierta la posibilidad de cederte blanda a un mimo de quien antes, y aún con razones y justificaciones, te pudo lastimar, y lo hizo.


Y luego, la muerte:

La vida debe ser más simple cuando te mueres antes que todo lo que quieres, y me refiero a personas, y me refiero a animales, y me refiero a ilusiones. Pero, claro, al destino nunca le ha preocupado nuestra comodidad.

Con la oreja suavecita de la perra dejándose rascar agradecida, me reafirmo que todo (es decir sobre todo) lo que quisiera vivo por siempre se va a morir.

Y mis sentimientos ¿qué?



Una cosa lleva a la otra:

Festejar a los muertos para acordarnos de todo lo que nos falta por vivir y lamentarnos por ello. Festejarlos, además, para volver a remarcar una cruz sobre la frente de cada presencia o memoria amada para que al verla tengamos siempre en cuenta que tarde o temprano también se va a ir.

Dramonón de lo finito, tragedia de lo efímero. Bonita festividad.