domingo, diciembre 11, 2005

Mi vida como la conozco (2)

Es fea, pero, también, podría ser mejor.



Podría tenerlo todo, como Ben: Una rata asesina con conflictos de aceptación social, una canción bien conmovedora y a Michael Jackson. Qué envidia. Argh.

Mi vida como la conozco (1)

Es fea, pero, eso sí, podría ser peor.


¡Jesús! Mucho peor.

sábado, diciembre 10, 2005

Cenicienta sin ratones

Casi a la media noche me tomaron de la mano, no en un acto amoroso ni similar, sino de casualidad (¿causalidad?) y me vi tan desprotegida, tan sola y tan infantil, con tantas ganas de que no me soltaran y, sin embargo, me soltó. Gracias y adiós. Fue una transacción.

¡Cuánta pinche soledad!

También me quitaron el libro de Pizarnik.

Y me quedé toda la noche esperando a Nadezhna, la que nunca apareció.

miércoles, diciembre 07, 2005

La durmiente

Un día me voy a dormir.

Cierro los ojos. Estoy cansada.

Un día me voy a morir.

Alguna vez llegué a dormir 18 horas seguidas. Eran malos tiempos, pero qué condenadamente placentero era el sueño. Ya no es lo mismo. Extraño mi tiempo libre. No que ahora lo tenga ocupado, pero una cambia. Si un día sufro de insomnio yo sí me quiero morir.

Abro los ojos. Estoy cansada.

Lo que la fiebre hace sentir se asemeja mucho al despertar después de un largo periodo de sueño. Me gusta. El cuerpo calientito, el atontamiento, la nostalgia de los minutos previos a espabilarse por completo, lo simple, bueno y lento que es todo en esos momentos. De la fiebre al despertar sólo existe la separación de la saliva. La de la fiebre es común; la del dormir largamente -sobre todo por las tardes, no sé por qué- es viscosa, suave, casi dulce, como la del llanto, pero todavía mejor.

Cuando a E. le daba fiebre siempre tenía la pesadilla de que un rollo de papel higiénico gigante la perseguía; se iba desenrollando y ella intentaba escapar, correr hasta que se acabara, pero el rollo era infinito. Me decía que era algo terrible, escalofriante. A mí siempre me pareció una pesadilla muy aburrida.

J., desde niño hasta hoy, cuando la temperatura se le pone alta le entra el convencimiento de que la rana René lo ha estado buscando desde hace mucho y que en ese momento ya está cerca y de cualquier lado se le puede aparecer. Entre dormido y despierto ve cómo el muppett lo sigue através de un laberinto. Prefiero esto a lo del papel de baño.

Yo, despierta, con fiebre, mientras voy caminando fantaseo que se me cae la cabeza y no me doy cuenta porque estoy atontada por el mal, sólo me siento un poco más ligera, es cierto, me siento mejor. El cuerpo sigue caminando, realiza las actividades, sube y baja y avanza y no se cansa. La cabeza rueda un poco, se detiene, cierra los ojos, duerme. Toda yo (cabeza y cuerpo, aunque separados) estoy bien, estamos bien, en paz. Ahora sí cada cosa está en su lugar.




***Es que tengo fiebre, a estas horas, aquí. (Y no me puedo dormir.)




Sueño que mis sueños sueñan que sueño este sueño.
De ser cierto, el presente cuento es infinito.
De lo contrario, lo mejor que podemos hacer es olvidarlo.
(Z.H.)

miércoles, noviembre 23, 2005

No soy tu bicho

Una y otra vez. Me preocupa lo bello y lo bondadoso. Como no me fue dado ser bella me apuro hacia la bondad. Aún me queda otra opción: además de ser buena crear lo hermoso. Pero no. No sé.

No soy tu bicho. Nadie invoca intercesoras para mí. Es que no las tengo, creo.

Yo también apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente. Yo también quiero poner un puente blandengue que una mi espacio con la otra orilla. Yo también quiero cruzar y no caer, sostenerme de una palabra, ¿sabes cuál? Que no el amor, no, no esa palabra. Diantre de intertextualidad.

Yo también quiero beberme.

Nadie me reclama pegada a las palabras. Porque no lo merezco. ¿Por qué no lo merezco? Porque no.

No es un lamento, es un cuento y es que a mí la rima siempre me cayó muy mal.

Una vez algo grande y pardo revoloteó fente a nosotras. Gritamos y nos echamos para atrás. Aquello grande y pardo se paró en la pared (en la pared, en la pared) y vimos entonces que era una cucaracha, una cucaracha grande (y parda). Ella dijo: "no puede ser" y después preguntó: "¿desde cuándo hacen eso?".

Y entonces aprendimos que las cucarachas ya aprendieron a volar. Todo se aprende tan rápido que mira nada más cómo nos lleva la evolución bien encarrerados hacia sabe dónde. Pienso que lo chueco de mis dedos chicos va a hacer que un día se me considere excepcional. Agazapada aguardo el momento en que mi deformidad devenga en algo útil.

La última fumada del cigarro me supo a jabón. Abro la boca para ver si me salen burbujas, pero no, solamente lo usual. Que no palabras, no tiendo a caer en el lugar común. (¡Ja!)

¿Viste lo humorística que puedo llegar a ser?

Quien me acusa por mi disgusto ante lo solemne. Quien me acusa por mi falta de gracia. Quien se queja de flojeras crónicas por entablar conversación conmigo, por leerme, por saberme. ¿Quién? Pues nadie, nadie. Que al final no nos pusimos atención. Porque no lo merecemos. ¿Por qué no lo merecemos? Porque el amor, porque el humor, porque el horror. Porque no.

No importa.