Consideré como opción llamar a alguien y comprar su atención, ofrecerle dinero a cambio de salir conmigo y escucharme hablar de mí todo el tiempo que durara la "cita", la cual terminaría en cuanto yo así lo quisiera, entonces nos separaríamos y no nos volveríamos a ver. No me parecía (ni me parece aún) un plan indigno. Los psicólogos se prostituyen así todo el tiempo y la gente les aplaude.
Pasé toda la noche buscando desesperadamente en mi agenda mental al interlocutor. Nada. No hay nadie. Las pocas personas que conozco y soporto son mis amigos y con ninguno de ellos podría ser. Lo malo de las amistades sinceras cuando a uno se lo está cargando la jodida es que aún así se tiene que ser equitativo. Todos tenemos problemas gravísimos que representan algo así como el fin de mundo y todos los tenemos al mismo tiempo, entonces hablo-escucho-hablo-escucho (quedando tan entrecortado el propio lamento que ni se puede disfrutar), mutuas palabras de consuelo, ay de ti, ay de mí, mutuas palmaditas en la espalda, pat pat pat y regresar cada quien a su casa con el terrible drama personal igual de contenido que cuando se llegó.
Incluso pensé el sitio ideal para el encuentro. El Chai es demasiado feliz y un Sanborns muy poco serio. Tenía que ser en La estación de Lulio (el perfecto lugar común).
Después de recorrer muchas veces a las cuatro o cinco personas que conozco y soporto, la esperada, primera, última y única opción salió. (Cuando era niña, en la escuela, un duende me escondía el borrador; tenía siempre que repasar muchas veces los objetos que había en mi estuche para encontrarlo: lápiz-pluma-pluma-pluma-sacapuntas, lápiz-pluma-pluma-pluma-sacapuntas, lápiz-pluma-pluma-pluma-sacapuntas-¡borrador! Quizá ahí había estado todo el tiempo, quizá el duende me lo había regresado, no sé, pero aprendí que hay que buscar en el mismo lugar una y otra vez porque siempre todo ahí está.)
Mi primera, última y única opción era perfecta. Nos conocemos de tiempo, así que no había que ponerlo en contexto. Nos importamos poco, así que no había que preocuparse por la reciprocidad. (Esto es un transacción servicio-pago y como tal debe ser tomada.) Y, lo mejor, entiende que la tristeza no es una fiesta y que algunas personas necesitamos un féretro y no palabras de ánimo.
El resto de la noche y hasta que amaneció lo pasé (además de llorando, ahogadamente, con rabia y desesperación como hace mucho no) imaginando el encuentro. Yo hablé y hablé y hablé de mí, me perdí en detalles, fui redundante, estructuré mal la narración, repetí muchas veces que estoy condenadamente triste, que tengo años de cansancio y que ya no me puedo mover de donde estoy. Ni una sola vez hubo consejos, ni una sola vez soluciones, solamente palabras de entrada para que yo pudiera continuar hablando (de mí) cuando me quedaba trabada, sin saber qué más decir, y entonces podía seguir con lo mismo: que estoy bien triste, que estoy cansada, que ya no puedo. Todo el tiempo con lágrimas, a ratos con un llanto histérico, por primera vez frente a alguien un llanto no reprimido de inmediato, un llanto necesario, indispensable, que de nada quiere convencer.
-Estás tan triste. Pobrecita, carajo. Es fácil entender que ya no puedas. Tu drama cotidiano es el más grande del mundo.
(No es cierto, pero uno a veces necesitaría escuchar eso. No es que nadie lo vaya a decir -yo nunca se lo he dicho a nadie-, pero uno a veces necesita desesperadamente escuchar eso y de ahí que yo me lo tenga que inventar.)
Al final ni llevé ni voy a llevar a cabo el plan. Tampoco me siento mucho mejor después de la conversación imaginaria, pero ya no estoy en medio de la pavorosa desesperación, ya sólo estoy triste, ya todo está normal.
-No me dejes sola.
-Estás sola.
Yo lo sé, y lo acepto.
Por lo menos ya me puedo mover.
Me voy, adiós.
Tap tap tap...