miércoles, noviembre 02, 2005

Soy un viejito achacoso

(porque los viejitos son más achacosos que las viejitas, sépalo)

Todo el día tengo sueño. Si no como me duele el estómago y si como también. Si mastico cosas duras se me atora la quijada. Una vez me dio gripa y un oído se me reventó. Una vez bajé un escalón y se me rompió un pie. Una vez me tomé dos vasitos de algo con Torres y vomité. Manejo a una velocidad constante de 50 km/h aunque nadie más haya en la calle. Me dan miedo las multitudes y los lugares con mucho ruido. Paso los fines de semana viendo películas compradas a Hallmark por Cine Permanencia Voluntaria del 5. Me angustio con las problemáticas de Lo que callamos las mujeres. Me enojo fácilmente. Las cosas se me olvidan y hago citas que no cumplo. No estoy en onda. Vivo de rutinas y paso la vida hablando de acontecimientos antiguos pues nunca me ocurre nada nuevo (y ni quiero).

Eso no está tan mal, sólo que sería bueno ya tener 80 años para no estar fuera de lugar y dejar de ser criticable e irrisoria. Pero, aunque no los tengo ni los tendré pronto, todavía queda una esperanza para mí. Así como ya dejé bien en claro para quienes me quisieron acusar de perezosa que lo mío es cansancio crónico, diré en adelante que ésto de lo que hablo es una progeria anímica que hace que me funcione todo mal.

-Pinche Graciela amargada.
-¡Es la progeria, es la progeria!

Estoy enfermita. Déjenme en paz.

domingo, octubre 30, 2005

Ardidez ediciones presenta: 'Será que ni somos ni estamos ni nos pensamos quedar'

Tengo en la mano los últimos tres pesos que me quedan de confianza en las personas. Decido lanzarlos al aire frente a un pequeño grupo para ver quién los atrapa y amorosamente se hace cargo de ellos. Como si hubieran sido tirados al grito de "¡al que le caiga le hiede!", todos se esfuerzan por esquivarlos. Los últimos tres pesos que me quedan de confianza en las personas caen al suelo y, como ya los besó el diablo, ni quién quiera recogerlos.

¿Vio con qué simpática analogía pude explicar que yo ya no pido ni quiero ni espero nada de nadie? ¿Vio?

A mí ya me anda valiendo madres todo. Que al cabo que ni quería.

Soy mujer, soy indígena y soy gay

Por lo general, a mí no me molestan los hombres más de lo que me molestan las mujeres, los ancianos o los niños. Nunca me han hecho nada especialmente malo, aunque puede que tampoco nada especialmente bueno. Soy mensa taruga para las relaciones interpersonales no importando el sexo de mi contraparte y desprecios los he sufrido en cantidades casi equitativas por parte de damas y caballeros.

Sin embargo, a veces me dan ganas de odiar a los hombres. Ponerme del lado de todas las mujeres engañadas. Andar por ahí pregonando "son hombres, son cabrones". Meterme, por puro gusto disfrazado de inocencia, en una relación destructiva en la que yo sufra y sufra y sufra hasta que me abandonen y entonces yo sufra y sufra y sufra más. Las que así lo hacen se les ve que nunca se aburren.

Seguro que yo no la paso bien porque no tengo algo definido contra lo cual canalizar mi odio.

Me voy a volver feminista, como Lupita Dalessio, como Laura León, como Maitena, y ahí los quiero ver.

¿Me estás oyendo, inútil?

martes, octubre 18, 2005

Maravillas de la voluntad

-Ojalá te mueras.
Don Pedro repetía muchas veces al día esta frase. Al levantarse, al terminar su tocado matinal, al entrar o salir de casa -a las ocho, a la una, a las dos y media, a las siete y cuarto-, en el café, en la oficina, antes y después de cada comida, al acostarse cada noche. La repetía entre dientes o en voz alta; a solas o en compañía. A veces sólo con los ojos. Siempre con toda el alma.

-Ya lo maté.
¿A quién y cómo? Algunos sonrieron, queriendo tomar la cosa a broma. La mirada de Don Pedro los detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto, allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más serio que nunca, un poco lacio, como un astro quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.

No volvió al día sigiente. Nunca volvió. ¿Murió? Acaso le faltó ese odio vivificador.

(Octavio Paz)



Cuánta falta me va a hacer ese odio vivificador.


Yo -no- me voy a morir.

(T A06, CRLTS)




"Tengo lo que más se parece al amor
y no sé si realmente es la soledad lo que llevo aquí."

sábado, octubre 15, 2005

(tap, tap, tap)

Trencitas rubias se murió a mitad de un concierto y nadie se dio cuenta, ni siquiera porque traía las tripas de fuera (claro, estaba oscuro, había mucho ruido y todos estaban borrachos ¿quién se iba a fijar en semejante nimiedad?). Trencitas rubias estaba muerta y nadie se daba cuenta; la seguían obligando a bailar. Alguien por fin la abrazó, sintió lo viscoso de su sangre, descubrió que la habían matado, que no bailaba, que su cuerpo era llevado y traido, que estaba muerta, que nadie se daba cuenta.

¿Hasta cuándo alguien me irá a abrazar a mí?